Relatos de Sanfermín
Hola, de nuevo. Ya que no entré a formar parte de los finalistas del I Certamen de Microrrelatos de Sanfermín, voy a publicar aquí los dos que escribí, para que juzguéis si alguno os gustaba. Os adelanto que el que ganó el concurso es muy bueno y os gustaría leerlo. Seguro. Están en esta dirección electrónica: http://www.principedeviana.com/bodega/certamen.aspx
Me habían dejado solo en el tren, sin un duro y con un cartel que decía: "Búscanos, vamos de blanco y rojo". Muy propio de mis amigos en las despedidas de solteros anteriores. Dejarle al que se casa con el culo pelado y sin un duro y que se busque la vida. Me relajé en el tren y me dormí. No sabía adónde iba. Esperaba que no me la hubiesen liado mucho. De repente desperté y oí mucho ruido. No estaba en el centro de la ciudad. Me dirigí al centro y cuál fue mi sorpresa cuando vi que todo el mundo vestía de blanco y rojo e iba borracho. Cómo iba a encontrar así a mis amigos. ¡Y me casaba al día siguiente! Me apuré al principio, pero luego opté por relajarme y dejarme llevar. Música, vino, bailes, alegría y unas ganas de juerga que parecían no tener fin. La ciudad no parecía muy grande. A alguna hora acabaría por encontrar a mis amigos. Pasaron las horas y alguien me dejó un móvil. Hice una única llamada y dije: “¿Te importaría casarte en Pamplona?”
Ya había conseguido un metro cuadrado a mi alrededor en la Plaza del Ayuntamiento. Cosa difícil vista la cantidad de gente que se sumaba al inicio de la Fiesta. Eran las 11.55 horas. Saqué mi videocámara Sony HDR recién comprada y me puse a grabar. De repente una marea humana me empujó. Aguanté el equilibrio en el primer asalto. Me cayó una lluvia de champán y otros productos que no supe identificar. Me agarré al hombro de un armario de metro noventa e intenté mantenerme erguido. De repente, ¡¡zasss!! Una chancleta se me escurrió. ¿Quién me mandaría venir a Pamplona con chancletas? Mi pie estuvo a punto de ser atravesado por un cristal de diez pulgadas. Pese a todo, no caí al suelo. Me mantenía suspendido por la multitud. La cámara lo estaba grabando todo. Bonito recuerdo para volver a Australia. La gente agitaba sus pañuelos rojos en el aire esperando al momento. ¡¡Puummm!! Todo el mundo empezó a saltar y a gritar. Yo también. Me miré a la mano derecha y ¡mi cámara! Busqué a mi alrededor y al fin la localicé, a 20 metros de mí y con la pantalla rota. ¡Horror! ¿Quién creería ahora mi historia?
Iremos de blanco y rojo
Me habían dejado solo en el tren, sin un duro y con un cartel que decía: "Búscanos, vamos de blanco y rojo". Muy propio de mis amigos en las despedidas de solteros anteriores. Dejarle al que se casa con el culo pelado y sin un duro y que se busque la vida. Me relajé en el tren y me dormí. No sabía adónde iba. Esperaba que no me la hubiesen liado mucho. De repente desperté y oí mucho ruido. No estaba en el centro de la ciudad. Me dirigí al centro y cuál fue mi sorpresa cuando vi que todo el mundo vestía de blanco y rojo e iba borracho. Cómo iba a encontrar así a mis amigos. ¡Y me casaba al día siguiente! Me apuré al principio, pero luego opté por relajarme y dejarme llevar. Música, vino, bailes, alegría y unas ganas de juerga que parecían no tener fin. La ciudad no parecía muy grande. A alguna hora acabaría por encontrar a mis amigos. Pasaron las horas y alguien me dejó un móvil. Hice una única llamada y dije: “¿Te importaría casarte en Pamplona?”
¡Mi cámara!
Ya había conseguido un metro cuadrado a mi alrededor en la Plaza del Ayuntamiento. Cosa difícil vista la cantidad de gente que se sumaba al inicio de la Fiesta. Eran las 11.55 horas. Saqué mi videocámara Sony HDR recién comprada y me puse a grabar. De repente una marea humana me empujó. Aguanté el equilibrio en el primer asalto. Me cayó una lluvia de champán y otros productos que no supe identificar. Me agarré al hombro de un armario de metro noventa e intenté mantenerme erguido. De repente, ¡¡zasss!! Una chancleta se me escurrió. ¿Quién me mandaría venir a Pamplona con chancletas? Mi pie estuvo a punto de ser atravesado por un cristal de diez pulgadas. Pese a todo, no caí al suelo. Me mantenía suspendido por la multitud. La cámara lo estaba grabando todo. Bonito recuerdo para volver a Australia. La gente agitaba sus pañuelos rojos en el aire esperando al momento. ¡¡Puummm!! Todo el mundo empezó a saltar y a gritar. Yo también. Me miré a la mano derecha y ¡mi cámara! Busqué a mi alrededor y al fin la localicé, a 20 metros de mí y con la pantalla rota. ¡Horror! ¿Quién creería ahora mi historia?



