SMS de Rapo a las 2.43 de la madrugada: "Te estamos viendo en el bar. Ven a saludarnos y a la vez nos la presentas. Dinos cuál es el siguiente bar al que vas a ir". Rapo, portavoz ocasional de la cuadrilla, ayer, sábado por la noche, no salí. Me cambiaron el turno en el curro y he entrado esta mañana a trabajar a las 12. Por lo que me fui a mi casita a sobar, que además estaba bastante cansado, dado el tute de la noche del viernes.
Es cierto, el
viernes pasado ligué en Marengo. Justo cuando menos me lo esperaba. Tanto era así que había salido de casa sin afeitarme. Bien vestido, eso sí, pero sin rasurarme la barba y con pocas intenciones de conocer y seducir a alguna chavalilla. Además, tenía algo de catarro, con lo que tendré que pedir disculpas a Olga, la chica con la que me fui, por haberle contagiado. Ya lo siento, las cosas surgieron y no era plan de echarse atrás. Olga, sí, Olga se llama, si no recuerdo mal y creo no recordar mal porque no bebí tanto como el sábado pasado. Ni mucho menos.
Anteayer, viernes, no iba rata. Disfruté la gastronomía del bar en el que cenamos regando mi comida con el vino navarro que nos sirvieron, Campanas; pero en su justa medida. No pequé ni de abstemio ni de borracho. Posteriormente, ya en Navarrería, en el centro de la fiesta de San Fermín txiquito renuncié a intoxicarme con más vino y cerveza comprados en el ultramarinos chino. Volví a recordar el sabor del buen alcohol ya en San Nicolás, donde me trinqué un par de cubatas (barceló con cola). A todo esto, tengo que decir que disfrutamos mucho de la orquestilla que tocó en Navarrería, que combinó a la perfección los estilos de Chenoa, Bisbal, Pinpinella, Su ta Gar, Oskorri y unos cuantos bertzos intercalados, para darle un toque más ikurriño a la velada.
Después de una votación muy disputada y de cantar todo un abultado repertorio con una traducción libre al euskera, acabamos metidos en Marengo, un local en el que me siento seguro,
me siento como en casa cuando se juega al "tú la llevas". En Marengo, me siento seguro, en marengo no dudo, en marengo yo puedo volaaaaaaaarrrrrrrrrrr.......
Yo creo que al final acabé pillando por ir tranquilo, por no buscar presas como lobo herido y hambriento. Me siento orgulloso de no haberme 'perdido' de mis amigos a las primeras de cambio como suelo hacer habitualmente y judas-mente cuando entro a este tipo de sitios. Bueno, miento, ya solté algún derrote antes de hablar y bailar con la encantadora Olga. Lo intenté con una chavalilla de ojos azules que me acabó diciendo que me sacaba cinco años (aunque no los aparentaba y no la creí) y con una italiana de erasmus que, como estábamos a principio de curso, aún no estaba muy suelta en castellano, ni yo en italiano. Eso sí, era un rato exhuberante (imaginaros lo que queráis).
Donde estaba....
Dito, Alberto Dito, qué buen y aplicado barman. Compañero de colegio desde crío y ahora barman ocasional de Marengo. Nos surtió generosamente a todos de bebida y fue tras el segundo cubata, el que fui a pedirme solo, cuando sucedió todo. Estaba yo como siempre,
a modo de satélite alrededor de mi grupo de amigos y me fijé en una chica que estaba subida a una especie de tarima, donde también se dejan los abrigos y hay unas sillas y unas mesas. La chica estaba con dos amigas suyas, que resultaron ser sus primas y parecía guapa y simpática. Me acerqué y le pregunté preguntas muy normalitas, no como a veces que se me quedan a cuadros por mi curiosa interpretación del sentido del humor. Le dije que si salía mucho, si iba mucho a la discoteca, si seguía estudiando, si su abuela fumaba (esa no)... El caso es que bajó del pedestal, cual diosa en su altar y se prestó a hacer el pata intentando bailar conmigo. El caso es que el baile no es mi punto fuerte para conquistar a las mujeres, fijo que no. Me dijo que había estudiado arquitectura técnica en la privada y que tenía 22 años, una edad muy acorde con la mía. Sus amigas se fueron y nos quedamos solos en la oscuridad. ¡¡¡Ohh, que miedo!!!!
Qué se podía hacer en ese caso: sólo se nos ocurrió una cosa: besarnos. Y así fue. Me olvidé de mis colegas cual Judas después de haber besado a Cristo y nos perdimos en la inmensidad hasta que sonaron los míticos tambores con los que se cierra siempre Marengo. El resto fue acompañarla a casa y despedirme.
Ayer le llamé por la noche, a ver si había salido, pero no fue así. Luego le llamaré a ver que tal y a ver si quedamos esta tarde. ¿Qué será, sera?