Pues sí, estáis todos en lo cierto. Lo que puse en el post anterior no es sabiduría Zen, sino de mi tío Martín, que ni sabe (al igual que yo) qué narices es el zen. Es un tío que lleva currando toda la puta vida y me lo dijo cuando estábamos en
Zaldaiz, un señorío cercano a Urroz. Estábamos en el campo, rodeados de naturaleza y comiendo un bocado de chorizo entre pan y pan. Lo dicho: sabiduría pura. Lo mejor es no hacer nada y después de ese esfuerzo agotador, descansar.
Lo que sí fue auténtica sabiduría fue mi fugaz viaje de fin de semana a Madrid, con un gran motivo:
celebrar el XXVI cumpleaños de mi amigo de la época universitaria Sergio. De Sergio no he contado mucho aquí, a lo sumo igual lo he citado en las crónicas sanfermineras, así como tampoco quiero explayarme ahora mucho. Sólo diré de él que tiene una personalidad muy compleja y hay que conocerlo muy bien para no pensar cosas equivocadas de él. Sergio es un provocador nato y le gusta tocar un poco las narices a la gente. Le encanta ver las respuestas de la gente cuando se sienten interpelados o incluso insultados. Y no le interesa nada la gente que no le puede dar una respuesta inteligente o que no entiende su especial humor. El mayor defecto de Sergio es, tal vez, que sea del
Logroñés, ese club que tan bien cae por aquí (jeje).
El caso es que marché a las 15.30 el viernes de aquí de Pamplona en autobús, ya que no me apetecía nada, pero nada nada coger el coche; y además, así podía leer
El Perfume, un libro que pude acabar entre la ida y la vuelta y que me impresionó gratamente. Un gran libro.
Llegué a las 9 de la noche a la capital del reino y tras unas llamadas de móvil para saber paradas de metro y posteriormente la casa de Sergio, llegué a mi destino y me encontré con que también había ido Txetxu de Autol, otro amigo de la universidad que hacía tiempo que no veía. Cenamos una ración de patatas bravas y otrapulpo en una jamonería, cerca de casa de Sergio, en la parada de metro de Cuatro Caminos. Allí, mientras cenábamos, nos enteramos de lo qué habían hecho los demás en todo este tiempo desde que dejamos la universidad y nos echamos unas risas. Después, subimos al piso a preparar las cosas para la gran noche del viernes, una de las mejores noches que he podido disfrutar últimamente.
Ya en el piso, empezó a llegar más gente. Primero unos de Pamplona que yo no conocía, o como mucho de vista, y con los que posteriormente me lo pasé muy bien, Jorge y Tato. Llegaron en coche, un poco cansados y se compraron dos kebap en el paki de Doctor Santero, o sea, la calle de Sergio. Luego llegó un compañero de trabajo de Sergio con su primo y otro amigo, atraídos por la promesa del anfitrión de encontrar churris en la fiesta. Llegaron demasiado pronto. Lástima. Las chicas llegarían después para animar la fiesta. Por cierto, el primo del compañero de curro de Sergio era, para que os hagáis una idea, el típico guaperillas pillador un poco ya veterano, director de márketing de la empresa en la que trabajaba y propietario de un mercedes descapotable. Un tío así nos habría comprometido seriamente el triunfo que logré posteriormente en aquella noche.
Luego llegó la mejor visita, un trío de chicas canarias, una de ellas compañera de trabajo de Sergio y las otras dos sus amadas primas. Cuando llegaron no pudimos evitar sonreírnos entre nosotros, a la vista de la agradable compañía que íbamos a tener aquella noche. La que conocía a Sergio se llamaba Leticia, la más guapa, Almudena, y la otra chica, Ivonne. A primera vista parecían simpáticas; más adelante lo pudimos corroborar mientras bebíamos sangría y escuchábamos los discos de Bunbury y de Pereza. A todo esto, me olvidaba de otro que salió con nosotros esa noche, Enrique, un compañero fortachón del curro de Sergio.
Hacia las dos de la mañana o por ahí, no me hagáis recordar detalles concretos, decidimos que ya estábamos suficientemente ebrios y fuimos hacia la zona de marcha. Fuimos por calles que no conocía y de las que no sé el nombre y llegamos a un bar llamado Penta, en el que bailamos, nos echamos unas risas y aguantamos un rato largo. Posteriormente, dieron las 4 o por ahí y llegó el momento de ir a una discoteca. La Morocco fue nuestra opción. En esa sala de baile pasaron cosas, cosas muy bonitas, momentos de pasión. Mis bailecitos, miraditas y pases de baile mal dados con Ivonne, se intensificaron y al final, txas!!, saltó la chispa y nos enrollamos. No os he contado que esta chica vivía en Canterbury, Inglaterra (Sergio, no repitas otra vez lo de los cuentos de Canterbury), tenía 21 años y estudiaba Ciencias Políticas. Su madre era canaria y su padre, Thailandés, y se conocieron en Inglaterra. El caso es que pasaba todos los veranos en Canarias y ahora, con el trabajo de su prima, una semana en Madrid.
Continuará....