Tal vez, oír hablar de una segunda
Nochevieja suene raro, pero ésa es la sensación que me dio después del último fin de semana que pasamos Carlos, Dani, Llorente y yo en
Logroño. El plan era de lujo: una noche saliendo de marcha por una ciudad que casi no conocíamos y disponiendo de un chalecito con gran extensión de terreno y abrigadico para cuando estuviésemos cansados y sintiéramos la necesidad de dormir un rato después de tantas horas seguidas de parranda.
Así que no nos lo pensamos dos veces. Salimos tarde de Pamplona, principalmente porque queríamos jugar el comarcal y brindar una victoria a Txema y Migui, que estaban lesionados y no habían podido disputar el partido contra
O.C. Bunker.
El partido fue una pachanga y ganamos con facilidad (10-2 o por ahí), sin esforzarnos demasiado y teniendo la ocasión de mover un poco el balón y hacer toquecitos y las pijadas que tanto nos gustan.
Quedamos a las 18.15 ya en casa de Dani para salir ya pitando hacia la capital riojana, pero no conseguimos arrancar hasta las 18.30 o por ahí, ya que se nos hizo un poco tarde esperando a Llorente y Dani que, por lo visto, necesitaban algo más de tiempo para los preparativos de tan especial noche. Dada la hora que era y lo pronto que se hace de noche en estas fechas, tuve que encender las luces del coche nada más ponerlo en marcha desde donde me encontraba, enfrente del Instituto Iturrama.
En ciudad, con las farolas y la iluminación pública, se veía bastante bien, pero en carretera, en la
nacional 111, la noche era bastante cerrada y la
oscuridad me jugó una mala pasada más adelante, cuando atravesamos el futuro trazado de la variante de Puente la Reina, que estaba en obras y en la cual los obreros habían hecho una separación algo peculiar de los carriles de ida y de vuelta.
Como era de noche y ningún coche me marcaba el camino, no estaba seguro de cuál era el trazado correcto de mi carril de ida y tuve un
lapsus que me hizo frenar en seco a escasos centímetros de los coches que circulaban en la dirección contraria, hacia Pamplona. Unos instantes después, pasado el
susto inicial, me incorporé al sentido correcto de circulación y no volvimos a tener ningún problema hasta que llegamos a la desconocida para nosotros y foránea ciudad de Logroño. Aparcamos, con suerte, en la misma acera del portal del amigo de Dani,
Luis Labarga.
Entonces, Dani le pegó un toque por el móvil, cuando el reloj marcaba las 19.40 aproximadamente, y quedó con él media hora después. En ese tiempo aprovechamos para ir al Metadona, digo al Mercadonna, y comprar algo para picar (porque después del duro partido del comarcal teníamos un hambre del copón), algo para
pribar (sangria como para 8) y algo para desayunar al día siguiente. Las napolitanas que cogimos para cuando nos levantáramos el domingo fueron una buena idea, pero no duraron ni tres horas desde que las compramos, dada nuestra ansia depredadora.
Dejamos las bolsas del súper en el coche y fuimos dando un paseo hasta el paseo del Espolón para contemplar una de las Maravillas del Mundo Moderno:
los cojones de la estatua ecuestre del general Espartero. Son de un tamaño colosal y fuera de lo normal. Sacamos unas cuantas fotos con la cámara digital y especulamos sobre la posibilidad de que caparan al monumento, de si la estatua se inclinaría tanto para adelante como para desprenderse de su peana... Luego pasamos por la calle en la que había vivido Dani hasta hace unos días y volvimos al encuentro de Luis, que nos invitó a que lo siguiéramos con el coche.
No sin algunas dificultades, dado el dominio de Luis al volante, conseguí seguirle por las calles logróñesas y aparcamos en un callejón del casco viejo, más conocida como la calle de los meados. Allí nos dirigimos hacia la
calle Laurel, que es algo así como San Nicolás en Pamplona, conocida por albergar una gran cantidad de bares de pinchos. A todo esto, ya estábamos viendo a gente disfrazada y con ganas de marcha. Nos llamaron la atención unos que iban de Don Quijote y que iban precedidos de un séquito entero de molinos, caballos... Entramos a un bar y pedimos la especialidad de la casa: un pincho de setas a la plancha que estába buenísimo, acompañado por un buen rioja, que no podía faltar. En el siguiente bar cayó un cojonudo, que era algo así como un pincho de huevo frito de codorniz con una rodaja de chorizo picante. También lo acompañamos de un caldo de la tierra. En estas, vimos a unos que iban disfrazados de la
Naranja Mecánica y se me ocurrió decir:
"¡Hostia, igual estos se meten en el personaje y la lían". Dicho y hecho; cuando salimos de un bar después de haber comido pinchos morunos, oímos unos golpes y unos gritos muy fuertes y vimos que los que iban de la peli de Kubrick salían rebotados de un bareto y empezaban a dar hostias contra unos barriles que los bares dejan en la calle para que la gente abandone ahí las copas de vino y los platos después de haber consumido. Volcaron uno de esos barriles y todo lo que tenía encima se fue a tomar por el culo.
El último pincho fue uno de tortilla con salsa picante por encima, que también estaba rico. Después de la degustación, cogimos los coches y nos dirigimos al chalé donde habríamos de dormir aquella noche. Allí, distribuimos las habitaciones,
nos cocimos a sangría, nos disfrazamos y sólo Luis se atrevió a coger el coche de nuevo. Yo ya había tenido bastante.
Cuando salimos del coche y paramos un momento, nos partimos el culo con cómo íbamos disfrazados. Carlos llevaba el disfraz de
hippie que su hermano llevó en la última Nochevieja. Se había puesto, también para meterse más en el personaje uno de estos gorros de lana con rastas y el dibujo de la bandera de Jamaica. Danitxo iba de
harlequín, con una especie de mono morado y verde que le dio más de un problema aquella noche, ya que tenía que soltarse todo el disfraz para, por ejemplo, ir al baño y mear. También lo tenía chungo para pagar los cubatas, porque tenía los dos bolsillos inutilizados; por lo que confió en Carlos para que le guardara la choja y las llaves. Luis iba con el
traje tunero de Dani y yo me había puesto un casco amarillo de la Máscara, así como de obrero, y había sacado uno de los
chalecos reflectantes del coche para dar más el pego (yo era el más cutre).
No, no me he olvidado de
Lloren, pues fue el auténtico
protagonista de la noche. Su disfraz del
pulpo rosa del anuncio de Pepsi causó furor y fue uno de los mejores que se pudieron ver durante esa noche en Logroño. Triunfó de tal manera el disfraz de Lloren que todo el mundo le paraba por la calle y no podíamos entrar a un bar sin que las féminas riojanas, cachondas, se le lanzaran al cuello y a los tentáculos y se dejasen aprisionar por los ganchos seductores de nuestro amigo.
Entramos a diferentes bares en una calle que guardaba mucho parecido con nuestros recuerdos de las
fiestas de Estella, con alguna que otra cuesta y varios locales en pocos metros de distancia. Todos los sitios a los que entramos estaban llenos y tuvimos ciertas dificultades para pedir cubatas o cervezas. En uno nos quedamos bastante rato porque había hueco, te podías mover y encontramos varias razones para no movernos de ese sitio.
Como iba diciendo, el disfraz de Lloren había sido todo un éxito, pues bien, en una de las muchas acometidas de las mujeres locales hacia nuestro amigo, una chica que iba de negro le intentó quitar la cabeza de espuma del disfraz y Lloren trató de impedirlo mientras ella se dirigía hacia la salida del bar. Lloren la consiguió atrapar, recuperó el gorro y, al instante, la chica se le lanzó a la boca y le dio un morreo que le quitó el sentido. Estuvieron así durante unos cinco minutos y la chica se despidió de Lloren. Después de aquello, Llorente se quedó un rato como atontado, en las nubes, y pidió una caña para reponerse de aquel dulce ataque.
Pero las conquistas de los
caballeros del Reyno de Navarra en tierras extranjeras no acabarían ahí. Entre copa y copazo entraron unas chicas que iban disfrazadas de la madre de Marco. Eso lo supimos luego. Para nosotros, eran las únicas que no se habían disfrazado en todo el bar. Quizá por esa diferencia, nos pusimos a hablar con ellas y yo me fui acercando a una que era morena de pelo rizado, con un jersey rojo y unos pantalones negros y que tenía buena pinta. Empecé a meter
fichas,
miraditas y ligeros
roces de mi mano con la suya y la chica siguió el juego. El final cada vez era más inevitable. Hicimos caso a nuestros impulsos y nos enrollamos delante de éstos y de todo el bar. Mientras estábamos ella y yo en el ajo, la otra chica se intentó insinuar a Llorente y a Dani, pero ninguno de ellos sucumbió a sus encantos. Vamos, que se quedó con las ganas de pillar. Una media hora después, despedí a
Marian y a su amiga, que tenían examen el lunes y querían volver a casa para despertarse el domingo y así aprovechar algo al menos. La chica con la que me fui tiene
20 añitos y estudia L.A.D.E. en la Universidad de la Rioja, y, por lo visto, no se quería privar de salir ningún fin de semana, estuviese o no de exámenes.
Después de la despedida, previo intercambio de números de móvil, fuimos a una serie de bares que están en el perímetro de la plaza de la catedral de Logroño. En ese momento, nos dimos cuenta de que habíamos perdido a Luis. ¡Menos mal que Dani tenía una copia de las llaves! Allí acabamos de cocernos, Dani casi se pierde, yo vomité en la plaza en uno de estos momentos en los que salgo
"a tomar el aire"... Estuvimos allí hasta que chaparon y hasta que Dani y Lloren dieron patada a unas que iban de góticas y con el pelo como
Shon Goku.
Luego, encontramos una máquina de comida e iniciamos la marcha hasta el chalé que estaba como a tomar por el culo. Nos rallamos, nos helamos y acabamos pidiendo un taxi. Cuando bajamos y le pagamos, casi tenemos que lamentar la pérdida de Lloren, ya que un tentáculo de espuma se había quedado enganchado en la puerta trasera del
taxi y éste había arrancado de nuevo para irse. Llorente le siguió corriendo como un descosido y consiguió zafarse del coche y recuperar su tentáculo.
Y esto es todo con respecto a la noche en Logroño. Al día siguiente quedé con la pava, hicimos unas pirulillas con el coche por medio de las vías principales y vimos ganar a España en balonmano.
En fin, un fin de semana perfecto.