Una nochevieja cualquiera (I)
-¡Mierda! Son las doce del mediodía y aún no me he preparado el disfraz que me voy a poner esta noche –contesté preocupado.
-Ya sabes, como todos los años. Todos los años nos pasa lo mismo. Si lo hiciésemos con tiempo no tendría ninguna emoción. Jeje –respondió Iñaki. Por cierto, ¿de qué coño vamos a ir este año? ¿De monjes? ¿De piratas? ¿De chorras peludas? ¿Tienes alguna idea?
-Bueno, he hablado con mi madre, que ha llamado a mi tía y que me puede dejar una gabardina y un sombrero viejo y desgastado. He pensado en ir de vagabundo. Además, podemos chorar un carro del Eroski, poner un bidón de hojalata encima y prender algo en su interior. Hacer una fogata, como las de estos vagabundos yankis que salen en las películas.
-Se te va la olla, pavo. Aunque no es una mala idea ahora que lo pienso –apuntó Iñaki. No sé. Ya llamaré a éstos a ver que me dicen. De todas formas, no descarto ir de Michael Knight o de Coche Fantástico, incluso, como llevo diciendo todos estos años.
-Buah, ¡qué ganas tengo de que llegue esta noche!. Me encantan las nocheviejas: cada uno va de una cosa y hay un buen rollo que te cagas. Puedes hablar de lo mal que están las cosas para un pitufo hoy en día, mientras un paquete de tabaco con patas empieza a jugar con tu gorro de vikingo. O puedes decirle lo golfa que es a una tía que va disfrazada de diablesa sin que se mosquee lo más mínimo. ¡Está guay!
-Jaja. –se partió el culo Iñaki. Me acuerdo del año en que les robaste una bici a los que iban disfrazados de Pacific Blue. Ya sabes, esa serie de la ETB en la que los policías persiguen a los ladrones montados en bicicletas por las calles y las playas de Miami. ¡Vaya achine que se cogieron! ¡Lo menos te estuvieron persiguiendo por todo San Nicolás! ¡Menos mal que al final se la devolviste y les regalaste un Katxi en compensación por las molestias que les habías causado y por lo que les habías hecho correr!
-Ya, ya me acuerdo –recordé en ese momento. O el año en que tú le robaste el bocata a un pobre chaval que iba de vampiro y que tenía la pinta de ser el primer año que salía en nochevieja. Le cogiste el bocadillo que iba protegido en una bolsa de papel y te pusiste a menearlo como si fuera una bufanda de un club de fútbol. ¡Pobre chaval! Luego, me acuerdo que le devolviste lo que quedaba de todo aquello: O sea, migas y algo de carne triturada. Fue muy bueno.
-Pozi –resolvió a decir Iñaki. Bueno, Mikel, te dejo, que tengo que hacer unos recados y ordenar un poco mi cuarto, que tengo visita esta noche. Ya sabes, mis tíos y primos de Asturias, de Pravia, los que vienen todos los años.
-Vale, ya estaremos pues –me despedí yo. Llama a estos y con lo que sea me dices. Si este año no vamos disfrazados todos de lo mismo, que vaya cada cual como le salga de las narices. ¡Ya estoy harto de proponer ideas y que luego la gente no las acepte o pase de ellas! ¡Agur!
Colgué. Sí, ya quedaba menos para la Gran Noche, para esa madrugada mítica que funciona como una especie de catarsis: las horas en las que la gente se propone cambiar de vida y empezar el año con buen pie y ser mejores personas y todo eso... y “este año consigo trabajo”; y “este año me porto mejor con la mujer”; y “este año bebo menos”... Yo creo que todas estas buenas intenciones se olvidan en las dos primeras semanas de enero, cuando te ocurre cualquier situación comprometida y la resuelves como tienes costumbre de hacerlo: con las patas de atrás y sin pensar en las consecuencias. Yo últimamente no suelo hacer mucho propósito de enmienda en estas fechas: de normal no suelo tener claro cómo enfocar mi vida ni siquiera de un día para otro, pero sé que lo que piense durante las Navidades no va a cambiar demasiado esa situación. Generalmente, olvido muy rápido lo que pienso. De todas formas, esta noche, la del 31 de diciembre, me sigue pareciendo muy especial y más mágica que cualquier otra. Me imagino que será porque es un momento en el que nos reunimos toda la cuadrilla y salimos a la calle a disfrazarnos, emborracharnos y a hacer el ganso. Rescatamos, en esta madrugada, al niño travieso que guardamos en nuestro interior y al que nos vemos obligados a reprimir a menudo, en el día a día.
Después de hablar con Iñaki estuve un rato vagueando, viendo la tele, hasta que llegó la hora de comer. Di buena cuenta del arroz a la cubana y del filete de ternera que mi madre había cocinado con tanto cariño y me eché un rato la siesta. Era la forma más inteligente de aprovechar las horas que van de las 4 a las 6 de la tarde. Iba a necesitar muchas energías en la San Silvestre y más aún por la noche. Algo grande nos esperaba esta noche.
Me levanté un poco fastidiado, porque no había conseguido dormir mucho. No soy de echarme siestas y eso se nota. Me quité el pijama que me había puesto para meterme al sobre y me preparé a conciencia para correr la San Silvestre: calcetines en buen estado, los calzoncillos más viejos que tuviera (nadie los iba a ver y los iba a sudar abundantemente), pantaloneta corta de nylon y camiseta sin mangas con minúsculos agujeritos que permitían una buena transpiración. Posteriormente, me puse encima una camiseta cutre de promoción (alguna de estas de bebidas alcohólicas que regalan en los bares por las noches), y el pantalón y la sudadera de un chándal. Me calcé las zapatillas Nike de correr y marqué el número del móvil de Fernando.
Piiiiii...piiiii... (veinte segundos de espera) -¡Fernando! ¡Hola! ¿Qué tal? Qué, ¿dispuesto a empezar bien el fin de año? ¿No te me habrás rajado?
-Qué hay Mikel. No, que va. Estoy con ganas de correr la carrera. ¿Cuántos kilómetros eran? –se preguntó Fernando.
-No lo sé exactamente. Entre cinco y seis.
-Ah, bueno. Me imagino que sobreviviré.
-¿A qué hora quedamos? ¿Vas a llevar coche? –pregunté con segundas.
-¿La carrera es a las 7? Pues saldré de casa a las 6 o así. ¿Quieres que te pase a buscar?
-Sí. Gracias por sugerirlo, aunque te lo iba a pedir de todos modos. Jeje...
-¡Cabrón! –me insultó Fernando.
-Bueno, pues. A las 6.15 aquí, ¿vale?
-Ahí estaré. Clock (colgó).
Vino Fernando, tocó el timbre del telefonillo y bajé.








